martes, 13 de abril de 2010

¡CONTIGO LA VIDA ME SABE BIEN!


Estaba escuchando el nuevo disco de Jesús Adrián Romero, me gustaron varias canciones, pero hubo una que sin haberme gustado el principio de la canción, si me conmovió una frase que decía "me sabe bien la vida contigo" y esto es cierto. Lo digo porque ya tenía bastante tiempo que no encontraba alguna frase que no únicamente entrara a mí interior ya sea mi mente o mi corazón, sino que además pudiera decir que tenía un sabor agradable para mí, no en vano creo que Jesús Adrian Romero tituló a la canción “Leche y miel”. Esta pista me hizo recordar la tierra que Dios prometió al pueblo de Israel en el libro del Éxodo, y que podemos ver se les recordaba en otros libros como Levítico, Números, Deuteronomio, Josué (por supuesto allí tomaron posesión), Jeremías y Ezequías, donde el Señor prometió una “tierra que fluye leche y miel la cual era la más hermosa de todas”.


Estas palabras me gustan pero también me hicieron reflexionar, que sin la presencia de nuestro Señor es difícil que las cosas nos sepan a algo, o tal vez es mejor decir “Sin ti Señor no tiene sentido la vida”, y es cierto hay momento en que nuestra relación con Dios se vuelve insípida por algún tiempo. No obstante creo que si ya conocemos al Señor siempre hay algo más allá de nuestra mente y cuerpo, que te impulsa a luchar, a buscar, a reflexionar, a cuestionar, a hacer un diagnóstico de la situación, y es allí cuando en mí caso el Señor, me hizo saber por una parte que Él estaba conmigo, pero que también mi espíritu por la otra estaba seguro que con Él la vida me sabía bien, no importando la situación a mi alrededor.


Finalmente, quiero recordar parte de Josué 1:9, dónde Jehová nuestro Dios dice que Él estará con nosotros donde quiera que vayamos. Por eso es que la tierra en la que fluye leche y miel, y es la más hermosa de todas, no tiene sentido sin su presencia.


miércoles, 3 de marzo de 2010

PROPÓSITO PARA UNA AFLICCION

¿Alguna vez has orado por algo o por alguien y no ves respuesta?, tal vez te has sentido hasta frustrado y has llegado a pensar que Dios no te escucha o quizá las espera de la respuesta te desespera.
Así se sentía Ana, una mujer que tenía un esposo que la amaba mucho, pero no tenía hijos, (1a. Samuel 1), ella lloraba, no comía; cada año iba a Silo a la casa de Dios a ofrecer sacrificios, considero que Ana estaba muy enfocada en su necesidad de ser madre, imaginando lo satisfactorio de la maternidad y cada año hacía lo mismo y no pasaba nada, seguía frustrada, hasta que un día se decidió a dar un paso más allá, cambio su forma de orar, se atrevió a pasar un tiempo de intimidad con Dios (solo ella y Dios), y ahí lloró desconsoladamente, y enseguida tuvo una nueva revelación de Dios, de como pedir, ¡cambió su forma de orar!:
1.- "Señor Todopoderoso, si te dignas mirar la desdicha de esta sierva tuya y, si en vez de olvidarme, te acuerdas de mi...." (1a. Samuel 1:11a) ella pidió gracia (recibir lo que no se merece), en su dolor y desesperación tocó el corazón de Dios y en su toque la gracia se derramo.
2.- "...y me concedes un hijo varón, yo te lo entregaré para toda su vida..." (1a. Samuel 1:11b), ella entregó su deseo a Dios, pidió conforme al propósito de Dios, ya no pidió un hijo porque se sentía sola o desdichada, o para que ya no fuera señalada estéril. Ana entregó su necesidad para los propósitos de Dios.
Samuel (pedido a Dios), el hijo de Ana, no fue tan solo la respuesta a la necesidad de una mujer, sino que se convirtió en una pieza clave dentro del pueblo de Israel, además "El Señor bendijo a Ana, de manera que ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas..." (1a. Samuel 2:21).
Su aflicción la obligó a mirar a Dios y como resultado su hijo Samuel sirvió en el tabernáculo. La historia de Ana demuestra que del dolor amargo puede brotar una gran promesa, si ese dolor lo lleva uno a Dios.
"Pero si esperamos lo que todavía no tenemos, en la espera mostramos nuestra constancia.
Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espiritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cual es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.
Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito." (Romanos 8:25-28) (NVI)

domingo, 21 de febrero de 2010

¿De qué lado estaría? por Liliana Salgado.

¿De qué lado estaría?

Hace poco estuve leyendo el libro de Philip Yancey “El Jesús que nunca conocí” y me llamó la atención algunas preguntas interesantes que él plantea en su libro: “¿Qué hubiera ocurrido si yo hubiera formado parte de la multitud que gritaba crucifíquenle?, ¿Cómo hubiera respondido ante ese hombre si lo viera de frente? ¿Lo hubiera invitado a cenar, como Zaqueo? ¿Me hubiera alejado triste, como el joven rico? ¿Lo hubiera traicionado como Judas y Pedro?”

¿Cómo hubiera reaccionado yo si hubiera vivido en tiempos de Jesús, sería de la multitud que gritaba crucifícale o sería como la mujer samaritana que se rindió a sus pies? Me aterrorizaba pensar que sería yo como la multitud que -influenciados por terceros y por temor a los fariseos- decidieron gritar en contra de Jesús. Llegué a preguntarle en oración al Señor ¿qué hubiera pasado si hubiera vivido en esos años? ¿Qué habría sentido al estar frente a Él, viéndome cara a cara y directo a los ojos?

Sin saber la respuesta, le agradecí tantas veces el haberme creado en éste tiempo, el haberme llamado desde pequeña, el que Él me haya convencido de su muerte y resurrección y el haberme dado la fe necesaria para creer.

Dejé de hacer esa pregunta a Dios, sabía que nunca tendría la respuesta y que cualquier respuesta no sería tan real por el simple hecho de que sería una suposición y no una realidad. Sin embargo, siempre estuvo en mí esa duda que -sin importancia- la recordaba de vez en cuando… hasta diciembre pasado, cuando obtuve una respuesta convincente y suficiente para mí.

Recibí un regalo en Navidad, el CD de Jesús Adrián Romero “Fue más claro que la Luna”. Ese CD traería una respuesta para mí. Lloré (“raro en mí”) al escuchar el último track: Si hubiera estado allí.

Si hubiera estado allí entre la multitud

Que tu muerte pidió, que te crucificó

Lo tengo que admitir, hubiera yo también

Clavado en esa cruz tus manos mi Jesús

Si hubiera estado allí, al pie de aquella cruz

Oyéndote clamar al Padre en soledad.

Lo tengo que admitir, te hubiera yo también

Dejado así morir, mirándote sufrir

Si hubiera estado allí

Pensándolo más bien, también yo estaba allí

Yo fui quien te escupió y tu costado hirió

yo fui el que coronó de espinas y dolor

tu frente buen Señor,

yo fui el que te golpeó y de ti se burló

yo fui el que te azotó

Yo fui el que laceró tu espalda mi Señor

También yo estaba allí

No importa tanto en la época que viví, importa que por mis pecados y para mi salvación Él murió por mí. Estuve allí, sin estarlo; grité, sin gritar; clavé, sin clavar; lo dejé morir. Mi presencia en ese tiempo no hubiera cambiado en nada su muerte, pero su muerte si cambió del todo mi vida.